ojos

¿Cómo olvidar tus ojos?

Fueron esos grandes ojos azules como el cielo los que una vez me conquistaron. Esa mirada que al principio era tímida y dudosa, que luego se convirtió en sensual y posesiva. Unos labios tentadores y provocativos, esos mismos labios que siempre los vi hablando y pronunciando cada palabra con perfecta dicción. Ese tono de voz que atraía mi interés cada día más. Esa seguridad al hablar, una firmeza que me hacia fantasear con recibir órdenes de tu parte. Aunque tus intenciones iniciales fueron que saliera con tu hermana soltera, pronto nos dimos cuenta que entre nosotros había algo más allá de una simple tensión o atracción sexual. Así que pasamos de amigos confidentes y consejeros a compañeros de pasión y deseo.
Aún llevo en mi memoria esa primera noche, llevabas un pequeño vestido negro, cabello recogido y un rico perfume que recorría toda tu piel. Después de tantas largas conversaciones y provocaciones, llegaría la hora de tenernos el uno al otro. Una copa de vino dio la bienvenida a esta tan esperada velada. Unos besos largos y profundos dieron inicio a esta excitante historia. Tu boca se adueñaba de la mía, tus labios me devoraban a besos, tus dientes deseaban devorarme a mordiscos y tu lengua… Ella sólo deseaba saborearme.

Empece a recorrer y acariciar tu piel, esa piel blanca y cubierta de pecas que tanto me fascinaba cada vez que te veía. Empece devorandote por el cuello, mientras te susurraba al oído las ganas inmensas que tenía por hacerte mía. A pesar que tu eras mayor que yo, sentía que tenías pena y te invadían algunos temores. Mi meta era quitarte todo los miedos de encima, y la ropa también. Así que nos tiramos en la cama, empece a desvestirte con sutileza, lo cual era muy fácil ya que sólo traías tres prendas sobre tu piel. Primero el vestido negro, que empece a quitártelo de abajo hacia arriba, mientras iba acariciando desde tus nalgas hasta tu espalda. Todo esto sin dejar de besarnos por un instante. Podía sentir los latidos de tu corazón. Tu respiración parecía que hubieses corrido un par de kilómetros antes de entrar en mi cama. Con una mano desprendí el brasier que llevabas puesto, mientras la otra se encargó de lanzarlo lejos de allí. Allí estaba esos senos llenos de algunas pecas sólo para mi. Mi boca no aguanto que mis ojos sólo se deleitarán al verlos por fin completamente desnudos, así que se apoderó de cada uno de ellos besándolos con estrena pasión y deseo. Fue el momento que escuche tu primer gemido de placer. Descubrí lo sensible que eran ese par de melocotones frescos, así que empece a jugar con ellos con mi boca, mi lengua, mis dientes y mis manos. Decidiste despojarme de mi camisa, querías sentir tu pecho con el mío, se que en el fondo de ti lo que querías era romper o rasgar mi ropa. Podía verlo en tus ojos. Abriste mi pantalón y me desprendiste de el lo más rápido que pusiste. Querías adueñarte de mi sexo, tu boca se mostraba impaciente por devorarme. Y así mismo fue, una descarga eléctrica invadió todo mi ser al sentir como tu boca se iba apoderando cada centímetro de mi miembro. Sentir como me saboreabas, como jugabas con tu lengua dentro de tu boca con mi sexo, hiciste que mi respiración se acelerar. Tus manos recorrían mi abdomen, y tus uñas dejaban un leve rastro de por donde pasaban. Te pedí que quería participar y devolverte el mismo placer, que compartiéramos en un 69 y disfrutar de un excitante sexo oral. Tu estabas tan húmeda, que ya tu pequeño hilo estaba empapado, eso me calentó aún más. También paso por mi mente arrancarte y romper ese pequeño trozo de tela. Mi boca se adueño de tu dulce vagina y mi lengua se dio el placer de saborear cada centímetro de ti. Me habías confesado que llevabas algún tiempo sin tener intimidad. Y ese instante confirme lo fogosa y apasionada que puede ser una mujer sin sexo frecuente. Llego el momento de tenerme dentro de ti, tu encima de mi, teniendo el control de cada movimiento, tus caderas en un subir y bajar frecuente, algunos movimientos circulares, acompañados de mordiscos y aruños, gemidos y palabras incompletas no dejaban de salir de tus ricos labios.
-Que rico me haces el amor- me dijiste con voz ajetreada – No sabes lo mucho que te deseaba dentro de mi, no quiero que se acabe este instante. Me tienes loca.
-Y apenas estoy empezando- te dije sonriendo. Así que decidí cambiar de posición, te acosté boca arriba, abrí tus piernas y me pose sobre tu cuerpo desnudo. Te penetre con suavidad y te pregunte al oído si estabas lista para sentirme, respondiste moviendo la cabeza de arriba a abajo. Me aleje un poco y mis caderas empezaron a darte embestidas mientras no dejaba de verte a los ojos, tu boca quedo semi abierta buscando agarrar más oxígeno, a veces te mordías los labios, y aguantabas como la respiración. Agarrabas de nuevo aire y lo soltabas en forma de gemido. Cuando mis caderas se detenían me gritabas casi en silencio: «No pares por favor, ya casi llego».
Al escuchar esas palabras la maldad me invade el cuerpo. Tu sabes bien que a ustedes las mujeres les encanta que las hagan «maldades» en la cama.
Así que te pedí que cambiarás de posición a en cuatro. Así tendríamos ambos el control de movernos a placer. Podía halarte del cabello mientras te penetraba, y además podía acariciar tus grandes nalgas y morder tu espalda.
En ocasiones me quedaba inmóvil sólo para ver como tus caderas se golpeaban con mi cuerpo buscando el placer. Era muy excitante. Fue en ese preciso instante cuando mis manos apretaron tus nalgas fuertemente aferrandome casi con mis uñas clavadas a ti, y tu empujabas con extrema fuerza como deseando ser penetrada con todo mi ser. Expulsando de tu boca un gran gemido acompañado de mi nombre. Arrancaste las sábanas de mi cama buscando liberar energía y gritaste a la almohada con mucha fuerza.
«¿Acabaste dentro de mi?» -me preguntaste con voz extasiada. Te respondí que no…
¿Por qué no llegaste conmigo?- preguntaste casi como sintiéndote poco atractiva.
-«Me haz hecho llegar varias veces, ¿y tu que? Necesito que llegues para mi, quiero verte llegar sobre mi.
Tu boca se adueño de mi sexo, sentir el calor de tus labios junto a la humedad de tu lengua en movimiento hizo que mi miembro estuviera a punto de explotar. Tus manos seguían acariciandome, y tu mirada no se apartaba de mi, aún en la leve oscuridad podía ver tus hermosos ojos claros, tu boca, jugosa y juguetona se atragantaba disfrutando cada embestida de mis caderas. Saboreabas cada centímetro sin querer soltarlo por un instante. Tus manos me empezaron a frotar, tu cara cambio y te convertiste en una fiera indomable. Pedías a gritos que llegara, querías saborear el néctar que llevo por dentro. Así mismo fue, tus delicadas y suaves manos lograron su cometido, un orgasmo invadió mi cuerpo entero y el éxtasis invadió hasta mi alma. Tu boca de encargo de no desperdiciar absolutamente nada. Una sonrisa algo maligna salió de tu rostro, tenías cara de complacida. Habías logrado tu cometido. Y yo exhausto y sin fuerzas, quede tirado en la cama con ganas de sólo disfrutar de esos segundos que te dejan sin respiración y te hacen tocar el cielo en un instante. De allí en adelante sólo provocaba quedar tendidos en la cama disfrutando de esos segundos. Pero tu tiempo estaba contado. Debías irte temprano, te subiste encima de mi nuevamente y me besaste diciéndome: «Me tengo que ir gordo, aunque lo que más desearía es amanecer en tus brazos. Nos vemos mañana, y si mi hermana me vuelve a apoyar te vuelvo hacer la visita. Creo que me vas a tener muy seguido aquí de ahora en adelante.»
Sólo me quedo besarte en los labios y no dejar de ver esos ojos tan hermosos. Yo podía ver tu alegría, tu emoción, esa felicidad que tanto deseaba tu cuerpo y tu alma. Esa despedida fue larga, cada metro hacia la puerta iba acompañado de besos robados, apenas la llama y la pasión estaban empezando. Al subirte a tu auto nos despedimos… Con un beso dulce y apasionado. Esos besos que saben más a amor que a deseo, tu boca y tus ojos me dijeron en ese instante que deseabas más que sólo sexo salvaje.

Continuara…

 

Una Respuesta

Add a Comment

Debes estar conectado para publicar un comentario