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Dame un trago…

Recuerdo que te conocí en la barra de un bar en un prestigioso hotel de la ciudad. Allí estabas tu, una mujer joven y hermosa, de piel blanca y hermosa cabellera negra, una sonrisa encantadora y una voz dulce y tentadora, con un acento de la zona andina de mi país. La primera vez que te vi, fueron muy breves las miradas, una amiga me llevo a conocer el lugar, y nos presento, ¿recuerdas? No fue sino hasta la segunda vez que visite ese lugar que rompimos el hielo. Ese día jugaban los eternos rivales del béisbol venezolano, yo iba con mi flamante franela de los Leones del Caracas, y tu mirada no fue nada amistosa. Claro, eres de Navegantes del Magallanes. Te pedí una cerveza y me la dejaste a 40 cm de mi y dijiste con una sonrisa en los labios: «Al enemigo ni agua, pero no creas que te voy a atender VIP, levántate y agarra tu cerveza».

Yo simplemente sonreí y mire a mis amigas que me acompañaban, ellas sólo rieron y una de ellas hasta subió una ceja y se carcajeó, como era de otro equipo contrario al mío también (Tiburones de La Guaira), te apoyo. Esa noche entre tragos y conversaciones, no deje de verte. Mis amigas notaron mi evidente atracción hacia ti, la forma en que te miraba, la manera de hablarte. Llegue al punto de quitarte tu PIN para estar «conectados» y seguir conociéndonos.
Recuerdas que fueron muchas noches las que nos quedábamos escribiéndonos mensajes y enviándonos notas de voz hasta largas horas de la noche. Pero fue aquella noche que hice una pequeña fiesta en mi apartamento junto a unos amigos y tu casualmente me dijiste que ibas rumbo a La Guaira (sector donde vivía) e inmediatamente te pedí que nos acompañarás. Ibas con una amiga y un pana quien era el que manejaba rumbo a las costas de Macuto. En mi apartamento ya se encontraban dos de mis mejores amigas de la oficina desde el día anterior, era casi una costumbre de que todos los viernes iban a mi apartamento a beber toda la noche y luego ir el sábado a la playa. Esta vez nos acompañaban dos panas más, y ustedes tres que venían en camino.

Una noche de rumba, tragos y buena música. Una vista hacia el mar espectacular y una luna llena reflejada en las aguas tranquilas de las playas de Macuto. ¿Recuerdas cuando hablamos de los futuros viajes que querías hacer? Ya llevas varios cumplidos, te faltan sólo unos pocos. Aunque lo que más recuerdo fue aquel momento cuando en plena conversación quise robarte un beso… Me dejaste con las ganas, supiste esquivar la situación, quede como dicen «ponchado» y tu solo sonreías y seguías hablando. Tenemos una linda y hermosa amistad, me dijiste con voz dulce y resaltando lo que se conoce hoy día como «Friend Zone». Pero, en realidad sabías lo que hacías, un rato más tarde me pediste que te sirviera un trago de vodka, así que me acompañaste a la cocina, encendí la luz e inmediatamente tu la apagaste diciendo: «¿Acaso no lo puedes hacer a oscuras?» Mi cabeza empezó a volar, pero creo que no me diste tiempo, cuando apenas te entregaba el vaso con el trago, una de tus manos me tomo del cuello y acercaron mis labios hacia ti, un beso profundo y apasionado se adueño de mi ser en ese momento. En ese instante te tome de la cintura y te levanté, sentándote en mesón del gabinete, era tan intensa y apasionada la situación que recuerdas que volteamos el vaso de vodka y no me dejaste ni secar el asunto. Tu boca se fusionaba con la mía, tus manos acariciaban mi rostro y mi cabello, tus labios me besaban con tantas ganas que sentía como si desearas morder mis labios para comértelos. Tu respiración se aceleró, hubo de pronto un suspiro, y con ambas manos en mi rostro me dijiste: Si eres tonto, ¿creías que no moría por besar tus labios? Sólo quería probar que tanto los deseabas, y saber si te rendirías. En ese mismo instante supe lo apasionada y dominante que eres. Ese instante se acabo al llegar tu amiga diciendo: «Me quiero ir… Vámonos!»
¿Por qué? Se pueden quedar si lo desean, es algo tarde para agarrar carretera.» Y después de una larga discusión logre convencer a tu amiga. Las lleve a mi habitación y les dije que podían dormir en mi cama, yo seguiría atendiendo a mis amigos. Me tomaste de la mano y dijiste: «¿Ya es tarde por que mejor no te acuestas? Aquí cabes» mirándome con tus grandes y bellos ojos.
En ese instante me olvide de mis amigos. Cerré la puerta de la habitación y me dispuse a ponerme cómodo. Me coste a tu lado, tu me diste un beso de buenas noches. Un breve beso en los labios. Dejándome con mas ganas de ti increíbles. Te abrace, y trate de traer tu cuerpo más al mío. Sentía tu aroma, tus feromonas, quería comerte entera. Pero tu amiga nos detenía. Mi mano se deslizó a tu cintura, empece a recorrerte acariciando tu abdomen. Pero me detuviste sosteniéndola y llevándola nuevamente a tu cintura. Y volteando hacia mi diciéndome casi en silencio: «shhhh ¡no!».

¿Como voy a dormir así? Me preguntaba a mi mismo. Esa fue la hora más larga de mi día. Hasta qué tu amiga se levantó y me dijo: «necesito darme una ducha, ¿me prestas el baño?» Me levanté de prisa y le busque una toalla limpia y le dije: «hay agua caliente, tardate lo que quieras» ella sólo sonrió y se fue. Yo me volví a meter en la cama contigo y tu «haciéndote la dormida». Así que sólo me acerque a ti, y empece a besarte suavemente por el cuello, te hablaba dulcemente al oído. Volví a meter mi mano por tu cintura y empece a acariciar tu abdomen, pero esta vez tu mano tomó la mía y la llevo hasta tu pecho dejándome acariciar cada uno de tus senos firmes, tu respiración empezó a acelerarse. Mi sexo a endurecerse. Así que tome una de tus manos y la lleve hasta allí para que notarás mi emoción, tu expresión fue intimidante, me tomaste fuertemente de mi sexo y hablándome entre dientes dijiste: «esto va a ser mío esta noche». Inmediatamente nos despojamos de la ropa, y nos unimos en un solo cuerpo, acariciándonos, besándonos con pasión, con ternura, pero cada segundo aumentaba el placer, la lujuria.
Cuando ya nuestros cuerpos estaban listos para fusionarse, me subí a ti, abriendo tus piernas, y tomando tus manos por encima de tu cabeza. Mordiéndonos los labios empezamos hacer el amor. Por fin nuestros cuerpos podrán explorarse con libertad, tocarnos, sentirnos, complacernos. Entregarnos por completo al placer y al deseo. De pronto tus gemidos empezaron a aparecer, pero te cohibías de soltarlos por pena a ser escuchada fuera de la habitación. Así que una almohada fue quien sirvió de silenciador. Mis movimientos sobre ti cada vez eran más fuertes, mis caricias cada vez más intensas. Y tus manos cada vez me apretaban más hacia ti. Como deseando no separarte de mi ni por un instante. El sudor empezó a adueñarse de nuestros rostros, la respiración más acelerada, pero las ganas se incrementaban cada segundo.

De pronto te soltaste de mi y me volteas quedando tu encima de mi, era tu turno de dominar la situación. Ambas manos sostuvieron las mías, y dejabas caer sutilmente tus senos en mi cara, incitándome a besarlos, a morderlos… pero lograbas alejarlos a tiempo y no logrará mi meta. Eso me desesperaba, deseaba tenerlos cerca de mi, y tu muy bien lograbas cargarme de desesperación, sumando a todo esto tu mirada, tus labios, y tu voz dulce, suave y seductora diciéndome:

«¿Quieres besarlas? ¿Quieres sentirlas? ¿Desde cuándo deseabas tenerlas en tu boca? ¿Desde cuándo deseabas tenerme en tu cama?»

Y al mismo tiempo movías tus caderas con movimientos circulares y algunas embestidas que elevaban mi libido a niveles jamás vividos. Acercaste tus senos nuevamente a mi rostro.
Esta vez si dejando que mi boca jugara con ellos. Mis labios húmedos lograron besar cada uno, apoyado por mi lengua que muy sutilmente recorría tu pezón con movimientos lúdicos que te encantaban. Y muy brevemente lograba morderlos, eso te calentaba aún más. Ya no te alejabas de mi, contrariamente, ya no te separabas de mi. Tu boca por instantes se adueñaba de mis labios y me hablabas al mismo tiempo, haciéndome saber que ese instante lo estabas disfrutando al máximo. Te dejaste caer a un lado de la cama y decidiste darme la espalda, tomaste control de mi sexo y te lo introdujiste en tu vagina húmeda y caliente. Y empezaste a moverte con gran placer, pidiéndome con voz dominante que te halara el cabello. Así mismo fue, tus deseos órdenes para mi. Mi mano se adueñó de tu larga cabellera, mientras la otra acariciaba tu abdomen, tus caderas y tus senos. No pares! Te decía repetidamente, y tu acelerabas y forcejeabas conmigo como queriendo tener tu sola el control. Así que te puse en cuatro para adueñarme sólo yo te tu placer, sentir tus firmes nalgas pegadas a mi, pero tu seguías dirigiendo los movimientos, así que entendí que debía entregarme a ti. Fue allí cuando sentí que estabas próxima a llegar el éxtasis y mis penetraciones fueron de lentas y profundas a ir cada vez más rápidas. Ver como apretabas y tratabas de arrancar las sabanas de la cama, morder la almohada, gemir y tratar de voltear a verme me puso muy caliente.

Así que segundos después de tu explosivo orgasmo no pude aguantar más y me vine dentro de ti, al darte cuenta de esto tus movimiento fueron sensacionales, yo sólo me aferre a tus caderas dejándome lleva por ti, fue increíble. Caí sobre ti ya sin un poco de fuerza. Las gotas de sudor eran interminables, y mi corazón iba a estallar. Tu cara, un poema, disfrutaste más verme así, sin aliento, complacido, exhausto. Me besaste y me dijiste: «estuviste fenomenal» era la cereza que necesitaba esta torta como punto final. Te abrace y nos quedamos un instante más en la cama antes de levantarnos. Muy en el fondo sentía que hubo una gran conexión entre ambos, era nuestra primera vez juntos y parecía que toda la vida lo hubiésemos estado haciendo. O por lo menos así fue que yo lo pensé…

¿Se repetiría? Me preguntaba yo mismo después que te fuiste esa mañana. ¿Tu que recuerdas? ¿Cuantos encuentros fueron después de aquí… Y como fueron? Pues esta historia continuará…

 

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